Viaje de un día de Helsinki a Tallin

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¡Hola, viajer@s!

Hoy os quiero hablar de una ciudad mágica que, estoy segura, supera las expectativas de quien la visita en el 100 % de los casos: estoy hablando de Tallin, la capital de Estonia, una de las tres repúblicas bálticas. Se trata de uno de los cascos antiguos medievales mejor conservados de Europa y adentrarse en el mismo es retroceder varios siglos en un abrir y cerrar de ojos e introducirte mágicamente en un cuento de hadas, en el que en cualquier momento veremos asomarse a una desdichada princesa en una de las incontables torres que nos rodean, nos toparemos con una justa entre aguerridos caballeros o tendremos que huir para intentar salvar nuestra vida porque nos persigue un dragón enfurecido echando llamaradas de fuego por la boca… Tal es la magia de Tallin, tal es el efecto que tiene en los asombrados visitantes.

Nosotros fuimos no hace mucho unos de estos visitantes y os quiero recordar cómo llegamos a adentrarnos en esta máquina del tiempo que es Tallin: algun@s recordaréis que unos de mis primeros posts trataban del viaje más chulo e interesante que Félix y yo hemos hecho hasta ahora: Finlandia. Os recomiendo que consultéis los posts que escribí sobre este país, ya que son realmente interesantes; son los siguientes: Qué ver en Helsinki, Qué hacer en Helsinki y Laponia: magia en estado puro. Si los visitáis, ya me contaréis qué os parecen en los comentarios 🙂

Pues bien, tenía pendiente escribir un último post sobre ese viaje, y es este que os traigo hoy: cómo realizar un viaje de un día de Helsinki a Tallin y qué ver en la preciosa capital de Estonia, así que… ¡allá vamos!

 

Diferentes planteamientos

Viajar de Helsinki a Tallin es, de hecho, muy fácil, pero antes que nada hay que tomar ciertas decisiones sobre el viaje, ya que hay diferentes opciones posibles, todas ellas válidas. La primera decisión que hay que tomar es cuánto tiempo de nuestras vacaciones en Finlandia queremos invertir en visitar Tallin: solo un día sin pasar la noche en Estonia o más de un día y, por tanto, pernoctar en Estonia.

La segunda decisión que deberemos tomar es en qué medio de transporte queremos viajar a Tallin, ya que se puede hacer en avión, en ferry y hasta en helicóptero.

En nuestro caso, decidimos pasar solo un día en Tallin, sin hacer noche en la ciudad, y utilizar el ferry como medio de transporte, así que esta experiencia es la que os voy a contar en este post.



 

Ferry de Helsinki a Tallin

Existen diferentes compañías de ferry que ofrecen este trayecto, pero nosotros utilizamos Tallink Silja Line. El enlace que os he puesto va directamente a la pestaña de Day Ticket (para ir y volver el mismo día). Si queréis pasar más de un día en Tallin, usad la pestaña Roundtrips.

Los precios para el billete de un día van de los 35 a los 45 euros ida y vuelta por persona (a nosotros, por ejemplo, nos costó 38 euros por persona), y normalmente hay diferentes horarios disponibles. Por lo que he visto, los horarios varían bastante en función del día, de la estación del año, etc., pero siempre hay buenas opciones combinables para pasar el día en Tallin con varias horas disponibles para ver el centro y volver por la tarde/noche a Helsinki. Para que os hagáis una idea, nuestros horarios fueron los siguientes:

  • Salida de Helsinki: 10:30 – Llegada a Tallin: 12:30
  • Salida de Tallin: 21:00 – Llegada a Helsinki: 23:00

Como veis, el recorrido del ferry es de 2 horas en cada sentido, y en nuestro caso disponíamos de unas 7 horas para visitar la ciudad: tiempo suficiente para callejear por su precioso casco antiguo, comer en algún restaurante chulo y volverse a perder en el cuento de hadas por la tarde antes de volver a Helsinki.

El ferry se coge en Helsinki en el West Harbour, en la West Terminal 1 (Tyynenmerenkatu 8). Advierto que no se trata del puerto principal que está en pleno centro de Helsinki, con la plaza del mercado etc., sino de otro puerto comercial que se encuentra al sudoeste de la ciudad. Sin embargo, si os alojáis como nosotros más o menos en el centro, se puede ir caminando a la terminal: en nuestro caso, quedaba a 18 minutos andando desde nuestro apartamento en Eerikinkatu.

El ferry en sí es como un crucero: el barco es enorme, y tiene todas las comodidades del mundo: hay diferentes cubiertas con diversos bares y restaurantes que ofrecen mucho sitio para sentarse y disfrutar del paisaje. Hay tanto sillas y mesas para comer, como zonas más de descanso, con cómodos sillones junto a las ventanas donde relajarse. Además, hay Wi-Fi gratuito.

En nuestro caso, el viaje lo hicimos en enero, en pleno invierno y con ola de frío polar incluida, así que el Báltico estaba totalmente congelado al salir y al llegar a los puertos (por el centro, no) y los barcos siguen los “caminitos” abiertos anteriormente por otros barcos o por los rompehielos, así que vas navegando por esta especie de carretera marina entre enormes placas de hielo; es bastante impresionante.

En el ferry, junto a la ventana, observando las placas de hielo

En el ferry, junto a la ventana, observando las placas de hielo

Una vez llegamos al puerto de Tallin, hay que caminar unos 20-30 minutos hasta llegar al casco antiguo (simplemente, seguid a la mayoría de la gente).

 

Qué ver en Tallin

Desde el puerto, nosotros entramos al casco antiguo por la Torre Gorda de Margarita, que se llama así porque, efectivamente, la torre está gorda: en muy rechoncha, ya que es bajita y muy ancha, bastante curiosa, la verdad. Dentro de la torre gorda se encuentra el Museo Marítimo

La torre gorda de Margarita

La torre gorda de Margarita

A partir de ahí, empezamos a recorrer callejuelas encantadoras: muchas de ellas están adoquinadas y las casitas están pintadas en diferentes tonos suaves, así que se trata de calles muy coloridas. Desde la torre, se puede llegar directamente a la Plaza del Ayuntamiento por la Calle Pikk. Esta plaza es una verdadera maravilla: está toda adoquinada y además, está claramente en pendiente. El edificio que más destaca es, por supuesto, el ayuntamiento, que data del S. XV y tiene un curioso aspecto de iglesia, con gárgolas en forma de dragones incluidas.

Aparte de este precioso ayuntamiento, la plaza está bordeada por todo tipo de comercios: hay incontables restaurantes y cafeterías donde comer o tomar algo (sablazo asegurado) y también pequeñas tiendecitas de artesanía o recuerdos. En verano, estoy segura de que tiene que haber un ambientazo; en nuestro caso,  a -5º, no había tanto 🙂

Muy cerca de la Plaza del Ayuntamiento se encuentra la Farmacia Municipal o Raeapteek (Raekoja plats 11), que se jacta (junto con otras tantas, todo hay que decirlo…) de ser la farmacia más antigua de Europa. No se sabe la fecha exacta de apertura, pero hay constancia de que en 1422 ya existía y, desde entonces, ha seguido en funcionamiento de manera ininterrumpida en la misma ubicación. Hoy en día, además de una farmacia normal y corriente donde puedes comprar tus medicinas, es también una especie de museo farmacéutico en el que, de nuevo, al entrar, retrocedemos varios siglos en cuestión de segundos. Se trata de un bonito y cuidado edificio medieval en el que se exponen utensilios y remedios tradicionales. Hay los típicos tarros de cerámica de boticario, básculas antiguas para pesar los remedios, morteros de diferentes tamaños y materiales y todo tipo de utensilios curiosos relacionados con el gremio. Sin embargo, lo más interesante y terrorífico al mismo tiempo son algunos de estos antiguos remedios que están expuestos: sapos secos, gusanos en aceite o penes de ciervo, entre otros. ¡Maravilloso!

La visita es totalmente gratuita, así que se puede entrar tranquilamente y ponerse a curiosear sin más… Se agradece algo gratis de vez en cuando, ¿verdad?

Si desde la Plaza de Ayuntamiento tomamos la calle Viru, la calle más comercial de la ciudad vieja, llegaremos a la otra puerta de entrada a la ciudad, la Puerta de Viru, que está formada por dos preciosas torres de cuento de hadas de manual, que están siendo progresivamente engullidas por la hiedra. A la izquierda de la puerta Viru hay un mercadillo con ropa de lana tradicional estonia.

Mercado de artículos de lana tradicionales estonios junto a la muralla

Mercado de artículos de lana tradicionales estonios junto a la muralla

Seguimos callejeando y llegamos al Pasaje de Santa Catalina, que se lleva la medalla de oro en el concurso de calles medievales. Un lado de la calle es el muro de piedra de una antigua iglesia y el otro está lleno de pequeños locales también de piedra con bonitas puertas de madera antigua. En el muro de la iglesia, hay algunas lápidas antiguas expuestas. Pero lo más chulo de esta calle es que, uniendo los dos lados de la estrecha callejuela hay unos arcos de piedra que le dan un toque único; no hay ningún techo, simplemente los arcos que, en nuestro caso, estaban cubiertos de nieve. Al final de la callejuela hay toda una serie de exclusivos talleres de artesanía subterráneos, a los que hay que acceder bajando unas escaleritas.

Si continuamos hacia el norte de la ciudad llegaremos a un bonito parque llamado Rannamägi ubicado justo fuera de las murallas, desde donde podremos observarlas en todo su esplendor, junto con multitud de torres que asoman por todos lados.

Todo esto se encuentra en la zona baja de la ciudad. Si ahora nos dirigimos hacia el sur en dirección a la zona alta de la ciudad, es decir, a la colina de Toompea, de camino pasaremos por otra torre con un impresionante arco apuntado justo al lado, en la muralla que, además en esta parte, está coronada por una pasarela de madera, ya que se puede visitar. Se trata de la Torre Sauna.

Llegamos a la base de la zona alta, subimos toda una serie de escaleras que bordean la colina y, una vez arriba, tendremos nuestra recompensa: las mejores vistas de la ciudad la obtendremos desde aquí, desde el mirador Patkuli y, por si nos quedaba alguna duda, aquí nos damos cuenta de que Tallin es, de hecho, una de las ciudades más bonitas que hemos visto nunca ya que, desde esta posición privilegiada vemos hasta qué punto se trata de una ciudad sacada de un cuento de hadas. Estas vistas de la ciudad nos dejaron totalmente enamorados.

También en la zona alta se encuentra la catedral ortodoxa de Aleksander Nevski, que es digna de ver. A los turistas de Europa Occidental siempre nos llaman muchísimo la atención las catedrales ortodoxas, con sus cúpulas de cebolla que nos hacen pensar inmediatamente en la Rusia zarista, y esta no es una excepción: es bastante imponente por su gran tamaño, sus tonos ocres, blancos y crema del exterior y sus bonitas cúpulas de cebolla negras. Por desgracia, cuando la visitamos ya había anochecido y no la pudimos apreciar todo lo bien que nos gustaría y, además, las fotos que pudimos sacar son un asco y no le hacen justicia en absoluto…

Catedral ortodoxa de Aleksander Nevski

Catedral ortodoxa de Aleksander Nevski

Para comer, teníamos claro desde el principio cuál iba a ser el restaurante elegido: el Olde Hansa, en pleno centro de Tallin, junto a la Plaza del Ayuntamiento. En una ciudad tan medieval como Tallin, no podía faltar un restaurante de temática medieval que ofreciese una decoración y unos platos propios de la Edad Media más oscura. Este restaurante ofrece una experiencia gastronómica totalmente diferente y memorable. Eso sí, hay que ir con hambre, con tiempo y tener buen saque, ya que los platos son pesados, los menús son interminables y la comida acaba durando horas.



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El restaurante está muy bien ambientado, ya que tanto el edificio en sí, como los platos, descritos de manera sumamente poética (unas simples aceitunas eran los “frutos del muy sagrado árbol del olivo” o algo así), y los propios empleados parecen salidos de la corte del Rey Arturo. Los camareros hablan a los clientes como si fuesen importantes señores y damas medievales, por lo que, además de camareros, son casi actores. El salón donde comimos era increíble, y la decoración, que en teoría reproduce la casa de un mercader rico de la época, inmejorable. Mesas y sillas de madera maciza, ni una sola luz eléctrica, ya que todo está alumbrado con velas, las paredes cubiertas de tapices y pinturas, la suave música folk medieval de fondo… ¡hasta los baños son para verlos!

Nosotros pasamos por delante del restaurante poco después de llegar a la ciudad, ya que está en pleno centro, sabiendo ya que queríamos comer allí. Pues bien, fuera de la entrada del restaurante, en la puerta, había unos empleados debidamente ataviados que atendían unos puestecitos de, si no recuerdo mal, frutos secos garrapiñados o algo así. Nos llamaron para que nos acercásemos y nos empezaron a “engatusar” con su rollo medieval para que comiésemos allí. Les dijimos que sí comeríamos allí, pero más tarde, así que nos dieron dos monedas antiguas para enseñar después al camarero que nos atendiese y que nos servirían para “pagar” dos chupitos de bayas a los que nos invitó el mozo para asegurarse de que volviésemos. ¡Genial!

Cuando hubimos hecho hambre paseando arriba y abajo por la ciudad, volvimos y empezó el festín. Nosotros optamos por uno de los menús establecidos que proponen, que costaba unos 40 euros por persona. Es pasta, sí, pero teníamos claro que algo tan especial y auténtico iba a tener un precio elevado, y lo pagamos gustosamente. En concreto, el menú era este.

La comida era deliciosa, y como decía antes, duró como tres horas, así que conviene ir con tiempo. También os digo que ese día no hace falta cenar en absoluto, así que, bueno, la comida es cara, pero hace que te ahorres la cena 🙂 Recuerdo como algo realmente espectacular las salchichas de carne de oso, jabalí y alce, todo junto. Mención aparte merecen las cervezas también, servidas en jarras monstruosamente grandes de cerámica. Yo tomé una de miel, y Félix una infusionada con hierbas aromáticas: increíbles las dos.

En resumen, que tienen el tinglado muy bien montado. Es un sitio sumamente turístico y nada barato, pero al menos sales satisfecho con la experiencia y sabes que acabas de vivir algo único y especial que recordarás toda la vida.

¡Pero no acaba ahí la cosa! Al salir, junto a la puerta de entrada, también hay una tiendecita que pertenece al mismo establecimiento. Mismo rollo: la chica que nos atendió “nos hablaba en medieval” y nos ofreció todo tipo de productos artesanales: desde jarras de cerámica, jabones hechos a mano o dulces, hasta ungüentos, hierbas medicinales y mezclas de especias para hacer vino caliente especiado.

Una vez salimos de allí rodando, paseamos un poco más para ver si podíamos digerir el atracón que nos habíamos pegado, pero al ver que iba a ser un poco difícil, decidimos buscar algo de ayuda… Nos dirigimos de nuevo al ayuntamiento, el cual, además de ser un edificio increíble, como ya he explicado antes, alberga en los bajos de la propia construcción otra taberna medieval, llamada III Draakon. De nuevo, el sitio estaba ambientado maravillosamente bien: todas las paredes son de piedra, el techo es abovedado, las mesas y sillas son de madera, las camareras van vestidas como doncellas de la época y las bebidas se sirven en el mismo tipo de jarras de cerámica que en el Olde Hansa. Los servicios, por supuesto, también eran chulísimos y súper auténticos.

Le pedimos a la camarera dos chupitos del licor más digestivo que tuviese, y nos sirvió dos vasos de algo que parecía alcohol puro (creo que era algún tipo de orujo de enebro). Además, algo muy curioso de este local es que hay “barra libre” de pepinillos encurtidos: hay un barril con un cucharón enorme de madera al lado y tú vas, abres el barril, pescas los pepinillos que quieras, te los sirves en un cuenco y vas a arreártelos tranquilamente a tu mesa… ¡Cómo me molan estas cosas raras! Yo estaba tan llena que ni siquiera los pude probar, pero Félix sí que se animó, ¡jajaja!

Por cierto, la camarera tenía bastante mala leche y nos riñó por hacer una foto con flash, porque la verdad es que había un letrero que ponía claramente “No flash”, pero no lo vimos. ¿Por qué no lo vimos? Pues porque estaba muy oscuro, es decir, por el mismo motivo por el que necesitábamos el flash… En fin…

En época de buen tiempo, ponen una pequeña terracita en la parte de afuera, que queda protegida por los pórticos del edificio del ayuntamiento: realmente encantador.

Un último regalo de camino al ferry: la torre gorda iluminada

Un último regalo de camino al ferry: la torre gorda iluminada

 

Después de este día tan bien aprovechado, volvimos a la zona del puerto a coger de nuevo el ferry para que nos llevase de vuelta a Helsinki. Os aseguro que esta es una de las mejores excursiones de un día que se pueden hacer, y que visitar la preciosa Tallin, aunque solo sea durante unas horas, como fue nuestro caso, es una experiencia que no se olvida fácilmente. Así que no os lo penséis: si visitáis Helsinki alguna vez, aseguraos de ir tiempo suficiente para dedicarle, como mínimo, un día a la reina del Báltico: la mágica e inolvidable Tallin. ¡No os arrepentiréis!

 

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